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Hombres Huecos: obra Grafica con tenicas de grabados convencionales


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El Ser es ser percibido: cuando contemplamos los grabados de Ignacio Vera Ponce se nos confirma este singular aforisismo de George Gerkeley, a través del cual podriamos explicar la naturaleza de cierto arte moderno -aquel que privilegia al percepción subjetiva del mundo por encima de cualquier ideologia, vanguardia, filacion o nacionalidad-; por ello, al percibir los grabados de Vera Ponce -cuando nuestra mirada palpa estas figuras que se velan o revelan entre luces abismales o tinieblas deslumbrantes, cuando escuchan nuestros ojos aquellas aureolas, o cuando olfatea nuestra pupila esa flora trashumante o aquel ahorcado o esta crucifixión- el Ser que se revela ante nuestros sentidos no puede describirse mediante el comentario erudito ni la historiograia del arte: por el contrario, la obra nos obliga a que cumulguemos, por principio, con la noctrunal percepcion de su autor, cuyo oficio y paciencia han forjado un espejo que -siempre nitido- evidencia tras el mundo el vacio, tras el hombre el fantasma, tras la realidad el sueño; un espejo que rehuye la transaparencia y que -translúcido u opaco- en ocasiones solo nos muestra la superficie herrumbrosa y aspera de su propia mirada, de su propio ser percibido -y que, por tanto, parece denuciar la vanidad de la apariencia y el ser-; estamos ante una obra que convierte al color negro en el argumento central de su cosmología; de ese modo, una vez que habitamos este universo de formas vagas y sombra orgánicas, los grabados de Ignacio Vera Ponce nos remiten a La vida es sueño de Calderón y -sobre todo- a las escatalogías alegóricas de Juan de Valdés Leal, cuayo título Finis Gloriae Mundi serviría muy bien para describir -o subrayar- el barroco escepticismo que los animan: cuando fallece lo material -lo aparente-, sólo permanece su carroña eternizada por el arte; se el hombre es un hueco, el fin de la gloria mundana inaugura el principio de la obra artística.

Gonzalo Lizardo, abril, 2001